Combatir desde el silencio

Lina Kathya Rodriguez

En continuo ritual del querer saber qué ocurre en Colombia, leyendo por tanto, un sinfín de medios para, quizás, hacerme una idea más real de lo que está aconteciendo. Me topé entonces, con un artículo de Reconciliación Colombia. Ese típico medio que, sus “aliados” van desde las empresas privadas, medios de comunicación, y unidades de la sociedad civil.
En definitiva, de los pocos medios de comunicación que hablan, más o menos, sobre las noticias alrededor de las iniciativas que se generan en el país. También, como no , sobre lo que la guerra, de forma directa, en su estado más senso estricto, junto con sus aberrantes ecos monstruosos han engendrado en la sociedad colombiana.

Justo una de esas noticias, que te cuentan lo que queda después de tantos años de balas y miedos, es lo que me llevó a escribir estas líneas. Incluso el título incita a leerlo, y saber que algún sentimiento,quizás no muy bueno, va a remover: El silencio como mecanismo de defensa. Breve pero conciso. Aclarativo. Sobretodo, abierto a la reflexión.

El artículo en sí habla sobre la investigación que ha realizado Andrés Cancimance, PhD en Antropología, en comunidades que han vivido/sobrevivido a situaciones de extrema violencia, fijándose en el silencio como un mecanismo de protección y (auto) defensa.
Se centra, principalmente, en la región del El Tigre, en el Sur del Putumayo, la parte andina de Colombia, que lleva a la frontera con Ecuador. Región azotada por el Bloque Sur de las Autodefensas Unidades de Colombia (AUC) en la masacre del 9 de Enero de 1999, y que prosiguieron con sus caminos de sangre, llantos y dolor hasta el 2006. Se calcula que en el bajo Putumayo habría unos 3.000 muertos de ese grupo armado. Sólo, por el momento, 533 cuerpos en fosas.
A lo largo del artículo, te desgrana la utilización de mecanismos poco documentados, entre ellos el silencio. Arguyendo así, que la única manera de poder sobrevivir con la presencia de las AUC es mediante el acto de callar. Identificando, por tanto, diferentes tipos de “silencios” que se daban entre los habitantes de El Tigre. Entendiendo, entonces, que la verdad absoluta no existe, ni los mecanismos son los mismos dependiendo de los hechos que, en general, tienen matices que diferencian la forma de generar “estrategias” para combatir cosas.

Ante este caso, se me plantea la reflexión de que, fue tan necesario entonces callar “los fantasmas” que iban rondando por las calles, que circulaban entre las farolas, que se incrustaban en las mentes y en los recuerdos de todos. Siendo continuo, el levantarse con el sentimiento de que “todo estará bien”, ese que apagaba tanto el brillo de los ojos y desterraba por completo las sonrisas del alma.
Es que, cuando te encuentras en la disyuntiva del protagonismo a la vida o la caída en el olvido de una fosa, el silencio, tal parece ser, el único y más macabro mecanismo de supervivencia.

Los que viven aún en El Tigre o La Hormiga, Yarumo, Tesalia y La Dorada (el bajo Putumayo), aseguran tener paz porque ya no hay masacres ni incursiones de la guerrilla. Lo cierto es que, en general, aún a pesar de eso, la intranquilidad sigue rondando, como un ente con patas gruesas y pasos firmes, y es que, se sigue sintiendo las “manos” de aquellos que, con otros nombres y otros disfraces, propiciaron, en su momento, las masacres.
Cuando se está acostumbrado a un nivel de violencia, a una estela de sangre y dolor, a dar la espalda a los que daño te han hecho para poder vivir, a las cicatrices abiertas, a grupos de terror. El silencio que ronda es lo de menos.Se antoja, quizás, el diablo más pequeño que puede haber.
En Colombia, debido a que, a lo largo de su historia de guerra, desde la Masacre de las Bananeras el 6 de diciembre de 1928 hasta nuestros tiempos, ha habido 9 grandes masacres por todo el país. Es, a modo de mi entendimiento, que los que vivimos, nacimos y crecimos allí, en el fondo, no tan lejos de nosotros, también sentimos el silencio como otra fórmula de sobrevivir con las criaturas que propician, de manera directa o indirecta, la guerra. Enseñanzas ya arraigadas en nosotros. En un pueblo acostumbrado a callar, a llorar en silencio, a convivir con sus propios demonios encerrandolos en los pasillos de las casas, en los entierros de los familiares. Siempre combatimos desde el silencio, incluso en éste.

“Cuesta más responder con gracia y mansedumbre, que callar con desprecio. El silencio es a veces una mala respuesta, una respuesta amarguísima.”

Es por tanto, el silencio la respuesta más amarga para nuestros combates, más amargas para nuestras luchas, más amarga para la regeneración de Colombia. Por tanto, tan necesario el hablar todos y cada una de los que hemos sido víctimas.

@KthyRo

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