Populismo a la francesa

Simon Depardon

De cara a los comicios de este fin de semana en Francia y España, muchos temen un nuevo éxito de las formaciones “populistas” en Europa. A ambos lados de los Pirineos, las últimas elecciones europeas revelaron fuertes críticas contra la tecnocracia europea, así como la necesidad de acercar la toma de decisiones al “Pueblo”.

Marion Maréchal Le Pen en la Asamblea Nacional Francesa.
Marion Maréchal Le Pen en la Asamblea Nacional Francesa.

 

Pese a sus diferencias, los dos partidos que destacaron por su éxito electoral (El Front National, con el 25 % de los votos, y Podemos, con el 8%) han sido constantemente señalados como  partidos populistas.

Sin embargo, el populismo no parece ser nada más que una etiqueta descalificativa que permite estigmatizar fenómenos sociopolíticos y líderes políticos a través de un encerramiento conceptual abusivo. Tratar de populista, en realidad, informa más sobre el juez que sobre el juzgado. De hecho, las ciencias sociales tienden a considerar la categoría “populismo” como conceptualmente inconsistente o de difícil utilización. La necesidad de comprender la naturaleza y los efectos del populismo se impone únicamente por el uso indiscriminado de ese término por parte de periodistas y políticos. Lo que sí resulta interesante es ver cuándo y por qué surgen estas acusaciones, y qué características comunes tienen los que son señalados como tales.

El Front National y Podemos son acusados de recurrir a una división excesivamente simple de la sociedad. Sean cuales sean las características de la élite o la identidad del pueblo aludidos, la exaltación de un antagonismo estricto es la clave de su éxito electoral. Se fomenta una dinámica contestataria donde el pueblo y el sistema se ven radicalmente enemistados. Entre los dos, ninguna medición es posible ni querida. Es un discurso a la vez defensivo y sentencioso,  particularmente legitimado en periodos de incertidumbre, inestabilidad y crisis, y que, en muchos contextos diferentes, hace surgir las problemáticas más complejas de la democracias modernas.

Si el discurso populista desconcierta  tanto a científicos sociales como a políticos, es porque apunta a una de las grandes contradicciones de nuestras democracias representativas. El populismo no  es solamente un reflejo patológico de la historia de la democracia, sino también  un factor de consolidación de la misma. La relación entre populismo y democracia es constitutiva de un problema no resuelto en sociedades que fundaron el desarrollo de su democracia moderna a partir de principios de representación y soberanía popular.

En efecto, la llegada de un momento populista no es una interrupción o una negación de los procesos democráticos, sino más bien una fase inherente a la práctica democrática y a la definición del sentido común. Los discursos que fomentan el principio de similitud entre los gobernantes y los gobernados no son nuevos. La voluntad casi ingenua de alcanzar un nivel de igualdad política comparable a la de las “polis” griegas siempre se ha enfrentado a una gestión pragmática y razonada de los conflictos.

En este sentido, el destino de la práctica democrática  consiste en oscilar constantemente entre la autoridad total concedida al pueblo soberano (populismo) y la limitación del poder por las normas y procedimientos legales (constitucionalismo). Este populismo inherente a la experiencia democrática no es, por tanto, problemático por el mero hecho de su existencia, sino debido a una posible exacerbación unilateral que afecta al equilibrio institucional. Pese a que nunca ha existido ningún régimen que sea puramente constitucionalista, o totalmente populista, debemos ser capaces de identificar qué predomina en cada momento.

Sabiendo que el contexto económico y político de las tres últimas décadas en Europa ha promovido ampliamente el constitucionalismo liberal, parece lógico pensar que surjan movimientos que empoderen al pueblo con su discurso. Además, esta promoción del reino del derecho frente al reino de la masa no se ha hecho a pesar de la resistencia de los dueños del poder político, sino más bien a través de su complicidad o complacencia, ya sea a favor de la lógica del mercado o de las autoridades jurídicas supranacionales.

El momento populista (o popular) era, por tanto, inevitable. El movimiento de fondo que ha llevado a las democracias hacia amplios niveles de tecnocracia se enfrenta ahora a discursos  simplificadores que ponen en peligro lo establecido. Inevitablemente, el proceso supranacional europeo ha  desbloqueado los significados tradicionales de conceptos tales como pueblo y nación, precipitando la emergencia de formación capaces de captar los significantes flotantes.

Todos los partidos luchan por la definición de la realidad social. Unos insisten sobre una ferviente necesidad de “poner las instituciones al servicio de la gente”, sin élites ni mediación política. Otros, como el Front National, añaden al antagonismo élite/pueblo, una segunda división, de difícil fundamento, entre la comunidad musulmana y los “valores franceses”. Fomentando un miedo al prójimo, un sentimiento de desprecio hacia los inmigrantes y una reafirmación de los valores tradicionales y nacionalistas, el Populismo a la Francesa es tan poco sutil como eficaz.

Esta segunda división entre “la gente de aquí” y los extranjeros es efectivamente la que da mejores resultados. Se acompaña de una estandarización del discurso, rejuveneciendo a las caras públicas del partido y midiendo sus palabras con el objetivo de enmascarar su verdadera naturaleza.

Guapa, joven, moderna y nieta de Jean Marie Le Pen, Marion Maréchal Le Pen representa este acicalamiento político. Al acusar al Gobierno de fomentar la islamización del país en detrimento de los verdaderos problemas  del pueblo, maquillan las numerosas declaraciones antisemitas, homofóbicas y sexistas de los eslabones más bajos del partido. Su mejor aliado, la abstención. Su peor enemigo, el juicio crítico.

 

@simondepardon

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