La crisis de Occidente

Sara Daib, Madrid.

Abrumados, gracias a los medios de comunicación, por la idea de la necesidad de seguridad ésta se ha acabado convirtiendo en una paranoia característica del mundo occidental. Esta exageración, cuyas consecuencias colaterales trataremos más adelante, no tan solo se manifiesta en el ámbito normativo, sino que va más allá: cuando la paranoia es cada vez mayor- abarcando nuevas dimensiones- se acaba institucionalizando dando lugar así a una “paranoia institucionalizada”. La idea es sencilla. El proceso de la globalización nos expone cada día a más amenazas –reales o potenciales- remotas. Los efectos de la globalización han deshumanizado al ser humano occidental al normalizar o, directamente, ignorar hechos fatales (nadie parece alarmarse por la muerte diaria de 25.000 personas por falta de alimentos) mientras que para otro tipo de hechos el ser humano occidental se ha vuelto extremadamente sensible, de ahí que emane la necesidad artificial de querer estar en un estado permanente de seguridad, incluso frente a amenazas ficticias alimentadas por los medios masivos de comunicación. Pero ¿quién nos dice que realmente no estamos seguros? ¿Cómo se mide el índice de seguridad? Es esa exageración relativa en comparación a otras catástrofes la que agudiza las hostilidades y, en consecuencia, el malentendido y el conflicto.

Una de las herramientas por excelencia de la globalización son los medios de comunicación, pero en especial la connotación agregada de las palabras para dar un cierto matiz a lo que se pretende enunciar o describir ¿es lo mismo hablar de guerra contra el terrorismo que lucha contra el terrorismo? Es obvio que no, pues el riesgo de usar el lenguaje de la guerra y atacar a los Estados que patrocinan el terrorismo- como hizo en su día Bush con su “Global War On Terror”- es la alimentación de las propias ideas de lucha de los terroristas.

En cuanto a la ley, las normas y los derechos enarbolados desde Occidente pero con proyección universal (Carta de Derechos Humanos de ONU) es preciso recordar que las leyes y protocolos de seguridad antiterroristas que varios gobiernos occidentales han adoptado (véase EEUU, Gran Bretaña) permiten emprender procedimientos, como la detención sin cargos, que pueden llegar a violar los Derechos Humanos. El peligro de esto no es sólo que tal situación pueda engendrar más indignación y resentimiento entre los extremistas, sino que además es un desafío a nuestras propias libertades y a la afirmación de que Occidente ofrece una ideología alternativa.

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Al Baghdadi

Volviendo a los amenazas reales y los peligros potenciales que Occidente, en concreto Europa, ha vivido recientemente bajo el yihadismo radical merece especial atención retenerse en Charlie Hebdo ¿hasta qué punto la revista satírica hace, valga la redundancia, sátira o sarcasmo? Si bien la globalización puede ser positiva en tanto que pretende acercar a los pueblos y limar, pensamos desde la ingenuidad bienintencionada, las asperezas entre las diferentes civilizaciones –Huntington no estaría muy de acuerdo conmigo- también hay que plantearse dónde está el punto de inflexión entre la globalización inocente, amiga (la que nos permite conocer las delicias culinarias, artísticas o dialécticas de otros países y culturas) y la globalización déspota y propagandística que pretende imponernos, desde el soft power, el código de valores occidental como el propio. Este punto crítico se vio con los desgraciados sucesos que acabaron con la vida de 12 personas en París. Se puso de manifiesto, aunque aquí cada uno es libre de interpretar lo que le parezca, que Charlie Hebdo no hace sarcasmo. Para los musulmanes se trata de una matanza espiritual, un concepto que en occidente no existe, pero que para los musulmanes es una fuerte falta de respeto, aunque hacer uso de la violencia para “vengar” la sátira se aleja de toda fe musulmana. El código de valores entre Occidente y el Islam es distinto, dirán algunos, pero no es así en absoluto. La realidad es que tanto en el islam como en la cultura occidental están valores como la libertad y el respeto pero el orden que ocupa cada uno de ellos en esa escala difiere; para occidente prima la libertad, mientras que lo esencial para los musulmanes es el respeto. En conclusión, los daños colaterales de la globalización progresiva pro-occidental son los que alimentan el auge del terrorismo, el clima de miedo permanente y la violencia, dando lugar así a una globalización regresiva.

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