Cuando la ignorancia mata. Kenia, de nuevo, víctima de Al Shabab.

Familiares de las víctimas del ataque terrorista. Foto: EFE

Sara Daib 

Familiares de las víctimas del ataque terrorista. Foto: EFE
Familiares de las víctimas del ataque terrorista. Foto: EFE

El pasado 2 de abril Kenia sufrió uno de los mayores ataques terroristas en la historia de la región. Tras el ya pasado ataque de septiembre de 2013 en el exclusivo centro comercial Nakumatt Westgate en Nairobi en el que murieron 72 personas, la milicia islamista somalí Al Shabab, filial de Al Qaeda, ha vuelto al ruedo. Esta vez eligió la Universidad de Garissa donde irrumpió en el campus con armas de gran calibre, tomando como rehenes a múltiples estudiantes y profesores alegando que la institución estaba en un espacio colonizado por no musulmanes. Los terroristas liberaron progresivamente a estudiantes y personal musulmán, pero asesinaron a los cristianos mediante disparos y decapitación.

Este ataque ha supuesto un punto de inflexión en el trato que, desde 1990 a raíz de la guerra civil que sufrió Somalia, Kenia daba a los refugiados somalíes, (más de 600.000) Este cambio drástico de actitud se debe a la no lejana posibilidad de que en estos campos de refugiados también se encuentren milicianos de Al Shabab. Kenia, de manera fulgurante, ha dado tres meses a las Naciones Unidas para que se encargue de los somalíes. Si no, aseguran autoridades keniatas, lo harán ellos mismos. De hecho, ya se ha anticipado la construcción de un muro en los 700 kilómetros que separan ambos países.

Más de 400 personas han sido asesinadas a manos de Al Shabab desde 2013.  Frente a esto dura realidad, Nairobi ha respondido con detenciones y deportaciones irregulares y masivas que ya han sido criticadas por Amnistía Internacional.

Este atentado ha puesto en evidencia la inmadurez del sistema de seguridad keniata y su falta de actuación. Muchos consideran que este ataque se podría haber evitado si se hubieran destinado los fondos necesarios en prevención y seguridad, pues ya el servicio de inteligencia keniata había estimado la posibilidad de que un atentado de este calibre tuviera lugar en una institución educativa. “Murieron, pero pudo prevenirse. La corrupción en Kenia los mató, porque si no hubiera habido corrupción en este país, se habría evitado”, decía un keniano.

Además este ataque ha trastocado también las relaciones entre Somalia y Kenia, quienes mantenían –y siguen manteniendo- relaciones en materia de lucha antiterrorista desde hace años. El pasado lunes el ejército keniata bombardeó posiciones de Al Shabab en Somalia. También se cerraron trece empresas somalíes de transferencia de dinero instaladas en territorio keniata para cortar las fuentes de financiación del grupo terrorista.

En último lugar también cabe resaltar un hecho que llama nuestra atención; la poca cobertura mediática que se ha dado al atentado en los medios occidentales ¿Cuál hubiera sido la reacción mediática si el atentado hubiera tenido lugar en una Universidad alemana o inglesa? ¿Es que en África la muerte y el dolor son menos agudos que en Occidente?

Para no demonizar la falta de atención de medios como la BBC, la CNN o incluso Al Yazira podríamos pensar que si no se ha hecho tanto eco del ataque es para evitar caer en el juego periodístico de los grupos terroristas que, como ya bien sabido es, buscan acaparar todos los noticieros porque su fin es el de crear sensacionalismo más que conseguir afiliados- o en el peor de los casos, conseguirlos mediante esta propaganda pasiva-  Pero igual que las víctimas de Charlie Hebdo, los que murieron en Garissa también son personas. Humanos al fin y al cabo. Que hayan tenido la suerte de haber nacido en el Hemisferio Sur no merece que se le dé más o menos atención periodística. Si queremos de verdad acabar con las injusticias y evitar que se expanda el odio (germen del terrorismo) habría que considerar, muy desde el principio, poner fin a estas prácticas, aunque- difícilmente- no malintencionadas, sí injustas.

 

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