Marrakech, la ciudad donde todo pasa

Raúl Valencia


 

Día 11: la ciudad donde todo pasa
Marrakech
Despierto en el Rainbow Marakech Hostel sin despertador. Todo está muy tranquilo, a pesar de que este sitio ha resultado ser una maravillosa casa de locos. El desayuno me sorprende por copioso, a pesar del bajo precio del albergue, tanto que no puedo terminarlo.
Subo a la colorida terraza para abrir el último reto de mi aventura: debo aprender y jugar a algún juego de mesa típicamente marroquí : mis compañeras de parchís y universidad son las responsables: Cora e Irene.
Kylie, una australiana de unos cuarenta y largos me pregunta qué estoy grabando, yo le hablo sobre ComandoCamino, sobre los pueblos del Atlas a los que quiero ayudar y sobre mis retos. Ella rompe a llorar y me abraza por hacer un proyecto “so beautiful”.
Tras una bonita charla, salgo al callejón y comienzo mi deambular.

No es temprano, pero muchas tiendas aún no han abierto. Marrakech trasnocha mucho y madruga poco. La gran plaza luce casi desierta: una inmensidad inabarcable. Frente a ela, una imagen conocida ¿es la Giralda? ¿acaso todo ha sido un sueño y sólo estoy en Sevilla? No. Es su hermana del sur. El gran minarete de la mezquita : la Koutoubia es un calco a la torre española. Sintiéndome un poco más en casa atravieso los naranjos del parque aledaño.
Mi primera visita son las tumbas Saadies: un inmenso mausoleo de generosos jardines y elaboradas lápidas de azulejos de colores. Mocárabes y artesonados me recuerdan a la gran Alhambra, y es que si Granada fuera El Quijote, Marrakech seria su segunda parte: la misma historia, los mismos protagonistas y sólo leves variaciones de estilo.
Vuelvo a la medina, nada tiene ésta que ver con Fez: las calles son amplias, pero eso hace posible el tráfico rodado lo que la convierte en un caos de motocicletas, taxis y automóviles que se unen a los habituales burros, mercaderes ambulantes, portadores y vendedores: calles llenas de vida, de gente que habla, colores, niños que juegan… ¿cuándo olvidamos eso en nuestras patrias occidentales?.

Cordillera Atlas
Marrakech es un colás de palacios, más ricos o más comedidos, pero palacios todos. Puertas exquisitas que esconden detrás patios de ensueño y mil dependencias que se vierten sobre este tragaluz. Si debo destacar alguno, sin duda sería El-Bahia. El amor por las fuentes y los jardines son una obviedad, la calma que en ellos se respira es comparable al paraíso prometido, las referencias a Al-andalus están en cada detalle: el último reino de Taifas prosperó aquí tras su destierro.
Después de estas visitas, decido perderme por el barrio de los especieros. El olfato no concibe la mezcla de tantos aromas unidos. Me detengo en un comercio: el dueño se esmera en enseñarme todos sus productos: montañas de especias ya molidas de vistosos colores, profundos olores y sabrosa degustación, pero además mascarillas de arcilla, sal de eucalipto, estractos de jazmín y ámbar, carmín natural, cortezas para limpiar los dientes… un mundo nuevo y natural. Productos de gran utilidad y bajo coste. Ante la atención del vendefor decido preguntarle por los juegos de mesa y acabo teniendo una divertida conversación con los comerciantes de toda la calle: un poco más y van a su casa a por un parchís para jugar conmigo.
Vuelvo a la célebre Jemaa el-Fna, ya pasa el mediodía y han aparecido los monos que encadenados son puestos encima de los turistas, los dentistas ambulantes y los encantadores de serpientes. Finalmente un hombre con chilaba y pocos dientes me coloca una serpiente al cuello, el tacto de frias escamas me da escalofrios, el cuerpo del animal trata de retorcerse y noto su presión. Bueno, todo sea por la aventura.
Para pasar el mal trago me dirijo hasta la terraza del Café La France y por fin me doy el lujo de comer un couscous marroquí. La ración ha sido generosa y la vista es la mejor sobre toda la plaza.
Durante la caída del sol he intentado cumplir mis retos atrasados. Imaginadme gritando en un puesto “farauli, farauli” para vender fresas. O imaginad la cara de un niño que cargaba una botella de butano con su padre cuando le he regalado un balón de fútbol, aunque pensándolo bien quizá mi cara era mejor incluso. Así he cumplido dos retos más y he arreglado con los gestores del albergue para que mañana bailemos la Macarena. Todo se va cerrando.
De regreso al Rainbow, Kylie y mis nuevos compañeros argentinos hemos tenido un momento musical (Joaquín Sabina incluido). Este colorido Riad tiene algo de Alicia en el país de las Maravillas, magia y reggae para acabar el día. Estos viajes te expanden tanto que la vuelta a la cotidianidad parece una pesadilla lejana. Absorto en mi mundo, a la luz de las velas me embobo sobre los fanales y farolillos que cuelgan del patio del albergue. Raúl, es hora de dormir.

Marrakech Cat

Mañana quizá no habrá crónica pero pasado os contaré cómo ha ido mi visita a las aldeas dónde la Fundación acción Geoda trabaja y para los que yo he montado este disparate del que todos sois parte. Mañana realmente ocurrirá todo lo que da sentido a mi aventura. Los nervios son evidentes.

[news_list show_more=”on”]

Share on Facebook