Palacios de barro y cartón

Raúl Valencia


 

Ouarzazate,
El noveno día de aventura fue pura logística, por eso no hubo crónica : viaje hasta Ouarzazate, planear los últimos días, hablar con la ONG a la que irán destinados los donativos, lavandería y aseo. Eso fue todo. Empezamos entonces con el décimo día, un día de película!
Me alojo en un cómodo hotel en esta ciudad desparramada en mitad del desierto. Ouarzazate se ha convertido en una urbe de grandes avenidas, neones y mansiones. Los petrodólares y la industria del cine han inundado este desolado páramo, un Beberly Hills a la marroquí.
Aprovecho el agua caliente que mi «lujoso» alojamiento me ofrece. A las 7:30 ya estoy desayunando: buffet de dulces marroquíes, crepes, zumos y el omnipresente té. A estas alturas la aventura da hambre. Tras dar un paseo por la terraza que incluye una moderna piscina, salgo a la gran avenida dispuesto a ver mi primera maravilla.

Ouarzazat 12
Me adentro por la vieja medina despegada de la ciudad moderna, parece como si Ouarzazate quisiera escapar de su pasado.
Las casas de barro se caen a pedazos, pero en esa decadencia reside su encanto. Los artesanos me invitan a grabar en sus tiendas, me colocan un pañuelo bereber a modo de turbante, alhajas, fósiles y chilabas, todo para mí. Su decepción es obvia cuando escapo sin comprar nada. Por fin, llego a mi destino: La kasba de Taurirt.
Torres de barro y paja con pequeños ventanales y motivos geométricos que adornan las zonas más elevadas. Fortalezas de antaño que defendían a los pueblos del desierto tras los tapiales almenados.
Al entrar en el interior un generoso patio cuyo único ornamento es un cañón y frente a mi unos generosos ventanales delatan que esta kasba además de fortaleza fue el palacio del Glaui.
Adentrarse por la enredada madriguera es una aventura, escaleras retorcidas llevan a lugares inesperados: quizá una cocina, quizá un gran salón de recepciones con fabulosos trabajos de yeso en sus paredes y un laborioso rompecabezas de maderas policromadas en el techo. La temperatura dentro es agradable a pesar del calor exterior: estos muros no sólo guardaban de los enemigos, también lo hacían de los duros veranos del desierto.
Los gatos me guían hasta las estancias más profundas, dónde descubro los restos de un hamman, todo un palacio tras el adobe. Aunque sin duda las mayores sorpresas están al asomarse a las diminutas ventanas cerradas por antiguas rejerías.
Me siento a leer en la balconada más amplia. Esta no es la kashba más famosa, pero su restauración es una delicia, suele pasar desapercibida para los turistas de foto y adiós pero eso la hace más familiar y acogedora. Coronando la planta superior la habitación del Harem luce un friso de alicatados azules. Los ventanales traspasados por la luz de medio día iluminan toda la antigua medina. Las 1001 nnoches se hacen realidad en este deambular mío.
Al salir, transportado a otro universo, un taxi me lleva hasta el mundo de las ilusiones, mi próxima visita son los Gran Atlas Studios: Lawence de Arabia, Los ojos del Nilo, Gladiator o La momia rodaron aquí algunad de sus escenas: esta si que es la meca del cine.
Entro por un gran salón del trono: grandes columnas, suelos de mosaicos. Todo para la producción de Salomón allá por los 60s. Ésta visita es como adentrarse en un parque de atracciones. Palacios tibetanos, tempos egipcios, pueblos romabos, una prisión turca, estancias para el clero o cuevas del tesoro… todo de cartón piedra! Todo un espejismo en medio del desierto.
Desde los estudios una amable pareja francesa residente en Agadir me acerca en su coche de nuevo al centro de la ciudad: hora de tomar el bus para llegar a mi último gran destino: Marrakech.
El paisaje de la constante planicie comienza a elevarse. Montañas desnudas se hacen evidentes: es el camino de Tizi-n-Tichka, una antigus ruta desde el Sahara hasta Marrakech que atraviesa las montañas. El abismo se abre infinito al lado de la carretera y un fino surco de agua se adivina al fondo, junto a él humildes huertas y rebaños de ovejas son la riqueza de los pueblos aterrazados que aquí moran. Cae la tarde, se adentra la oscuridad por los recovecos del Atlas. Me encierro en mis pensamientos, en cómo será el desenlace de la aventura. El sueño me vence y cabeceo en mi asiento, hasta que en el horizonte aparece una linea de luces. Es mi destino: es Marrakech, la gran ciudad del sur, la capital de la cultura. Ansío conocerla.
Para cuando el bus llega ya es muy tarde: aparezco en la plaza Jemaa El-Fna, la más grande del continente. El barullo de vendedores, restaurantes, encantadores de serpientes o pasteleros es demoledor para recorrerlo con la mochila. Busco desesperado mi albergue. Al final tendré que pagar a un chaval para que me guíe. A salvo de la muchedumbre, me tomo el té que generosamente me han ofrecido y me preparo para mañana. La gran Marrakech se rendirá a ComandoCamino. Ya lo veréis!

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