Justicia Poética

Jaime Barrientos


Vaya por delante que si algo caracteriza a una democracia y de la que carecen las dictaduras en general es de la libertad de expresión.
Hasta en el franquismo el filósofo Unamuno pudo debatir en la universidad con el general Millán Astray y ahora en cambio, la universidad, que debería ser un foco de opiniones y de debates se ha convertido en un lugar excluyente en el que sólo impera el pensamiento único, de uno u otro signo, dependiendo entre otras muchas cosas del color político, si es que lo tiene, del decano.
Viene lo dicho a cuento del escrache que les han hecho a dos de los grandes poderes fácticos de este país: al ex presidente Felipe González y al todo poderoso Juan Luis Cebrián, alma y vida del diario El País.
Un grupo de enmascarados ha impedido esta mañana por la fuerza de los gritos, que no de la razón, que ambos pesos pesados de la política de este país expresaran sus opiniones. Esos estudiantes deberían repasar sus conocimientos sobre Voltaire cuando dijo aquello de “no estoy de acuerdo con tus ideas pero defiendo tu derecho a expresarlas”.
Pues eso. Lo que olvida el ex líder y referencia histórica del PSOE renovado es que esos mismos gritos, “asesino, asesino”, se los gritaron una noche antes de celebrarse unas elecciones generales a los líderes del PP reunidos en Génova. Aquel escrache cambió el curso de la historia y ganaron los socialistas que se habían citado ante la puerta de la sede por un incipiente sistema de mensajes por móvil.
Aquello no fue ni bueno ni democrático y esto de hoy, tampoco
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