A tres años del golpe, siguen sin aprenderse las lecciones de la reciente y trágica experiencia egipcia

Abdullah Al-Arian

Si hubiera podido continuar, el pasado miércoles se habría cumplido el mandato de cuatro años de Mohamed Morsi como presidente de un Egipto posautoritario. En cambio, la pasada semana marcó el tercer aniversario de la destitución forzosa de Morsi por un golpe militar que ha vuelto a imponer una dictadura imperecedera sobre 90 millones de ciudadanos.

La desgracia continúa desplegándose cada día en Egipto, con crecientes abusos de los derechos humanos, represión de la disidencia, corrupción extendida, crisis económica y consolidación del poder en manos de un nuevo gobernante autoritario: Abdel Fatah al-Sisi.

Todas las fuerzas políticas independientes de Egipto reconocen que el pésimo estado del país simboliza la traición al movimiento revolucionario iniciado en 2011. Pero, a pesar de que se diga que los rescoldos de la revolución egipcia continúan ardiendo, si bien débilmente, ese momento no podrá reavivarse sin una valiente evaluación de los sucesos acaecidos el 30 de junio de 2013 y de sus consecuencias.

La Hermandad Musulmana, como movimiento social más organizado de Egipto, estaba bien situada para jugar un papel clave en la transición, pero su deseo de dominar ese proceso excluyendo a otras fuerzas causó profundas divisiones dentro de las filas del movimiento revolucionario egipcio en un momento en que la necesidad de unidad era fundamental.

Morsi confundió la agudizada discordia dentro de la sociedad con las saludables discrepancias que son parte esencial de cualquier democracia dinámica. Pero, en 2013, Egipto estaba lejos de ser un orden democrático funcional y los deseos de un partido de apalancar sus ventajas electorales dictando las normas de gobierno del futuro del país –desde la emisión unilateral de decretos a la imposición de una constitución- escenificó un enfoque peligroso en un momento en que era crucial un toque de habilidad.

A pesar de la postura defensiva de los altos dirigentes del grupo, los pasados tres años han sido testigos de la aparición de una clase más introspectiva de activistas de la Hermandad Musulmana, que se han comprometido a revisar las acciones de la organización durante la era Morsi. Han propuesto a la Hermandad reformas importantes, como separar su actividad misionera del trabajo político, unirse a las filas de los revolucionarios como un socio en pie de igualdad y renunciar a la vuelta de Morsi como presidente a fin de auspiciar un gobierno de unidad acordado por todas las partes.

Quizá sea más importante aún que mientras la vieja guardia conservadora cree que el error del gobierno de Morsi fue desafiar demasiado agresivamente instituciones clave del Estado, el ala revolucionaria de la Hermandad Musulmana piensa que Morsi se equivocó al abandonar las demandas de la revolución.

Pero a pesar de todas sus deficiencias estratégicas y políticas, no hubo nada en la breve etapa de Morsi como presidente que justificara la intervención del ejército, y mucho menos ante la respuesta entusiasta con la que fue recibido por millones de egipcios. La falsa ira de las fuerzas liberales e izquierdistas de Egipto ante las acciones de Morsi delataron su grave carencia de profundidad política y su inconsistencia moral.

La culpabilidad de Morsi en la crisis energética de Egipto fue, como mucho, dudosa. En el peor de los casos, fue una cínica estratagema para desestabilizar al primer gobierno libremente elegido en el país. Su decisión de cesar a un corrupto fiscal general del Estado, junto con el ya tristemente célebre decreto de noviembre de 2012 para recuperar los poderes ejecutivos de la presidencia, fueron ambas decisiones que estaban en consonancia con las demandas de la revolución, sin embargo, hicieron que se le comparara con un faraón.

Si uno mira más allá de los hiperbólicos arrebatos de los críticos, las decisiones por las que Morsi recibió mayor desdén de los revolucionarios fueron en realidad los pasos más revolucionarios que dio durante su año en el cargo.

Contrarrevolución

En realidad, esas fuerzas aún no han asumido el hecho de que su supuesta “revolución correctiva” del 30 de junio fue de hecho la contrarrevolución que restauró las formas autoritarias del Estado. Tamarod, el movimiento de base que al parecer recogió 22 millones de firmas pidiendo la dimisión de Morsi, estaba infiltrado de fuerzas de la seguridad estatal egipcia.

El Frente de Salvación Nacional, dirigido por Amr Musa y Hamdin Sabahi, también hizo cuanto pudo para intensificar las tensiones en vísperas de las protestas del 30 de junio, abandonando de hecho el tenue proceso que empezó tras el derrocamiento de Hosni Mubarak al favorecer una absurda alianza con el ejército egipcio y sus patrocinadores del Golfo. Por su parte, al legitimar el golpe, Mohamed El Baradei fue elegido como vicepresidente del gobierno que originó la renaciente dictadura de Sisi.

Incluso después de la mayor de las masacres en la historia egipcia moderna, no hubo examen de conciencia entre los activistas e intelectuales de Egipto. Algunas personalidades populares, incluido el novelista Alaa Al-Aswany, elogiaron el asesinato de más de 800 manifestantes pro-Morsi en Rabaa. Otros, como El Baradei, se limitaron a criticar como excesivas las tácticas del ejército, pero no asumieron responsabilidad alguna por el papel que jugaron como animadores y facilitadores civiles del ejército. Sin el apoyo popular de las filas liberales y revolucionarias que proporcionaron cobertura a la brutalidad de Sisi, el ejército no habría podido emprender tan fácilmente esas actuaciones.

Aunque a los antiguos partidarios de Sisi pueda haberles cogido por sorpresa que sus armas se volvieran finalmente contra ellos, cualquier estudiante de la historia sabe que los golpes militares violentos rara vez acaban en sintonía con sus partidarios civiles. Tres años después de los acontecimientos de aquel fatídico día de verano, las cárceles de Egipto están atestadas de presos de todo el espectro político e ideológico.

Como deberían tener ya claro la mayoría de los egipcios, la importancia de haber permitido que Morsi completara su mandato como presidente trasciende los beneficios personales que pudiera conseguir para sí o para sus compatriotas de la Hermandad Musulmana. El resto de su mandato habría estado sin duda lleno de gobernanzas cuestionables, malas decisiones políticas y, probablemente, obligados enfrentamientos continuos con las instituciones estatales leales al viejo régimen conjuntamente con elementos del campo revolucionario. Pero no importa lo que hubiera hecho, difícilmente podría uno sostener que las acciones de Morsi habrían superado los horrores del Egipto de Sisi.

Como los tunecinos han empezado comprender, la resistencia durante una transición posautoritaria, independientemente de las cargas que pueda haber respecto a disfunciones políticas, incertidumbres económicas y sacrificio de demandas fundamentales, es algo vital para el establecimiento de instituciones democráticas y el imperio de la ley a largo plazo.

No hay garantía de que Morsi, al carecer del apoyo de segmentos importantes del pueblo egipcio, no hubiera sido aún derrocado por los residuos del viejo régimen y sus patrocinadores extranjeros. Sin embargo, la complicidad de amplios sectores del campo revolucionario en la contrarrevolución aseguró que cualquier proceso frágil existente en la era pos-Mubarak acabara destruido sin posibilidad alguna de recuperación.

El abandono de ese proceso, a pesar de todos los defectos que pudiera tener, supuso renunciar a las posibilidades de democracia en Egipto en un futuro próximo. Y aunque la oposición a Sisi continúe aumentando, hasta que los egipcios no aprendan las lecciones de su pasado reciente, un futuro mejor seguirá siendo algo inalcanzable.

Abdullah Al-Arian es profesor adjunto de historia en la Universidad de Georgetown y en la School of Foreign Service de Qatar. Es autor del libro “ Answering the Call: Popular Islamic Activism in Sadat’s Egypt ”. Puede seguísele en Twitter: @anhistorian

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Fuente: Rebelión

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